Después de la independencia, de que Marruecos dejara de ser colonia y protectorado portugués, español, francés, comenzó su manso declive. Tánger era un diamante lujurioso frente a las costas europeas. Era el refugio para espías de la Segunda Guerra Mundial, para los desertores, los asesinos, los traficantes del Rif, los bohemios. Aquí vivió el escritor norteamericano Paul Bowles, y escribió Déjala caer y El cielo protector, la novela que enamoró a Bernando Bertolucci y que lo obligó a internarse para filmar en las arenas marroquíes. Aquí recibió, como anfitrión sibarita, a otros escritores –William Burroughs, cuya novela El almuerzo desnudo transcurre en una Tánger imaginaria; Jack Kerouac, Tennessee Williams, Gregory Corso, Djuna Barnes– que encontraban en la ciudad el perfecto sitio para el pecado y el gozo terrenal. Aquí consumían kif, majoun, bebían alcohol y se perdían en las calles laberínticas en busca de muchachos y jovencitas dispuestos a ser sus amantes casuales. Iban al Café Hafa, con una maravillosa vista al mar, fumaban y observaban el caprichoso movimiento de los barcos. Aquí, a mediados de 1800, Delacroix, alojado en el Dar Niaba, antiguo consulado francés emplazado en la Rue des Siaghine, encontró una luz fascinante y pintó, inspirado, sus obras Ruelle á Tanger y La noce juive au Maroc. Degas y Boldini durmieron en el mítico Hotel Continental, tras recorrer la medina, y se enamoraron de la vista de la bahía desde sus habitaciones, de lo exótico y la estética árabe. Aquí Matisse inventó su vibrante azul matisse, después de que su amiga Gertrude Stein lo convenciera de que Tánger era un lugar único en el mundo. “¡El paraíso existe!”, dicen que gritó el pintor cuando llegó, en 1911, ligero de equipaje, para hospedarse en la habitación 35 del Hotel Villa de France. En el Café Hafa, bebiendo té con menta, escribió: “La revelación me llegó de Oriente”.Truman Capote recorrió la necrópolis fenicia, caminó sobre las tumbas sin nombre, ascendió a la Kasbahy se mojó los zapatos en las Cuevas de Hércules, donde la marea cubre las piedras que, según la leyenda, aún conservan las huellas del poderoso héroe. Hoy el Hotel Continental es una vieja madama crepuscular que aún se las arregla para mantener su dignidad de antigua diva. En el pórtico, una gata y sus crías raquíticas buscan alimento entre las piedras. En el Café Hafa se sientan los hombres y las nubes de humo tejen una atmósfera viscosa. No hay mujeres, por supuesto aquí tampoco, o en el Café de París, o en cualquiera de los bares que miran al mar. Sólo los hombres pueden derrochar allí las horas. No beben alcohol, pues el Islam lo prohíbe. “Las bebidas alcohólicas, el juego, los ídolos y las rifas son sólo un sucio trabajo de Satán; alejáos de ellos para que podáis prosperar. Satán sólo pretende fomentar la enemistad y la envidia entre vosotros por medio de las bebidas alcohólicas y el juego e impedir el recuerdo de Dios en vosotros y de la oración ¿aún así no os abstendréis?” (Corán 5,90-91). Sin embargo, en los hoteles para turistas o en algunos sitios clandestinos, los lo cales beben hasta caer rendidos. Tánger es una Babel de la supervivencia: la memoria de la colonia se estampa en las conversaciones cotidianas. Aquí, un hombre que no sabe leer ni escribir habla francés, inglés y un español decente. Aquí la Medina se abraza a las nuevas construcciones ostentosas, de arquitectura moderna y sospechosamente próspera. Tánger conserva ese aire canalla, de trampa y misterio, de ilegalidad y añoranza.Hoy el turismo europeo inyecta vida y divisas en la vida cotidiana y sólo quedan algunos pocos rancios nobles españoles que se escapan, en yates privados, a recordar épocas de fiesta y desborde en hoteles de lujo sobre la playa.

